Lees la prensa económica, lo escuchas en los informativos y el mensaje se repite, “la inflación se ha estabilizado”. Desde 2020, dicen, los precios han subido en torno a un 25% acumulado —que no es poco— y el único año realmente malo fue 2022, cuando el IPC llegó a rozar el 10% anual. A partir de ahí, relativa normalización, pero nada excesivamente preocupante.
Pero… ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Refleja realmente ese dato medio cómo vive la mayoría de la población? Porque cuando vas al mercado, las cosas están bastante más caras que en 2020, no solo un 25%, algunas han llegado a subir hasta un 100%. ¿Entonces qué está pasando aquí?
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¿Cómo se calcula la inflación?
La trampa con la que se calcula la inflación hay que entenderla en sus dos trucos de cálculo. En primer lugar, y este argumento es más conocido, la inflación se mide año a año, comparando los precios actuales con los del año anterior. O dicho en otras palabras, cada subida anual es acumulativa. Por ejemplo, si un año la inflación es del 10% y al siguiente del 5%, no significa que el problema se haya reducido a la mitad, sino que sigues pagando más, solo que el ritmo de encarecimiento es más lento.
Pero la inflación tiene un segundo truco del que se habla bastante menos. Y es que ese dato, es un porcentaje medio. No todos los precios suben igual. Algunos bienes y servicios se encarecen mucho más que otros, y ese detalle es clave para entender lo que está pasando.
Vivir es más caro, consumir ocio mucho más barato
Efectivamente, vivir se ha encarecido de forma muy notable, mientras que el ocio y muchos productos tecnológicos se han abaratado. Veamos esta afirmación de forma desagregada.

Como se observa en el gráfico, se pueden extraer las siguientes conclusiones:
Consumo esencial caro
Este es el tipo de consumo por el que sí o sí, tenemos que pasar todos. Y atención, lo primero que se observa es que es lo que más se ha encarecido. Vivienda, alimentación, sanidad, educación y cuidado infantil concentran las mayores subidas de precio de las últimas décadas. En el caso de Estados Unidos, donde la salud y la universidad funcionan como bienes de mercado y no tanto como servicios públicos, los incrementos son extremos: la sanidad se encarece cerca de un 275% y la educación superior casi un 200%.
En España este efecto se percibe con menor intensidad gracias a la sanidad y la educación pública, que actúa como amortiguador social. Aun así, incluso aquí, vivienda y alimentación -dos partidas imposibles de esquivar- han crecido muy por encima del salario medio, concretamente un 100% (en las principales capitales) y un 60%, tensionando cada vez más el presupuesto de los hogares.
Automoción, muebles y ropa estables
En segundo lugar, hay bienes cuyo precio se ha mantenido relativamente estable, y los vehículos son el mejor ejemplo. Tanto los coches, como los muebles no han registrado subidas comparables a las de los servicios esenciales. Esto se explica, en parte, por la propia naturaleza del mercado. Y es que el consumidor rara vez compra el último modelo de muebles o vehículos, y suele optar por versiones ya conocidas, probadas por familiares o amigos, con información previa y menor componente de “novedad”.
Esa preferencia por modelos consolidados limita las subidas y evita que el precio se dispare, como ocurre en sectores donde no existe una alternativa real o donde el consumo es obligatorio.
Ocio barato
Por último, lo que claramente se ha abaratado es el ocio y la tecnología, y no es casualidad. Televisores, software, juguetes o servicios digitales han caído con fuerza (en algunos casos más de un 90%) porque son mercados altamente competitivos, globales y con ciclos de producto muy rápidos.
Esto es porque a medida que el dinero pierde poder adquisitivo, los consumidores ajustan su comportamiento y retrasan la compra del último lanzamiento, optando por modelos de uno o dos años atrás, que automáticamente bajan de precio cuando aparece una nueva versión.
Y esta es la verdadera trampa que esconde la inflación, y que explica por qué el IPC puede parecer “controlado”, mientras la sensación de ahogo económico es cada vez mayor. Por un lado, la vida cotidiana se ha vuelto bastante más cara (comida, vivienda, medicamentos, etc), mientras que el entretenimiento es lo que se ha hecho mucho más accesible. Con todo, ocio barato y vida cara. Un modelo creado para una especie nueva de burguesía low cost.
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