La pasada madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la historia de Venezuela. Por mandato de la Casa Blanca, las fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro tras la emisión de una orden de búsqueda y captura internacional. Este mandato justificaría la operación, que algunos han tildado de invasión militar. En este sentido, la importancia de este suceso radica en que la hasta ahora narcodictadura llevaba años funcionando como un peón en un tablero geopolítico más grande, en que petróleo, deuda, sanciones y alianzas estratégicas se mezclan con rutas grises de intermediación… Por tanto, ¿ahora qué?

China, Rusia e Irán: su arquitectura del apoyo (y del cobro)

En esencia, los BRICS eran los grandes aliados de Venezuela. Estas son las relaciones que guardaba con cada una de estas potencias económicas:

En primer lugar, China ha sido el principal sostén financiero del chavismo en su etapa de aislamiento occidental. Diversas estimaciones académicas sitúan los préstamos chinos a Venezuela en torno a los 62.2 mil millones USD (especialmente entre 2007 y 2016), con repago de préstamos a cambio de entregas de crudo o a proyectos energéticos. Tal vez por eso Pekín condenó con dureza la acción militar estadounidense, calificándola de violación del derecho internacional. Esta declaración es todavía más llamativa teniendo en cuenta que no hicieron lo mismo con Rusia cuando invadió Ucrania.

Mapa de los Aliados de Venezuela: China, Rusia e Irán.

En segundo lugar, Rusia. El país eslavo no era solo un sostén político, sino también económico y militar. Por ejemplo, durante años, Caracas fue un gran comprador de armamento ruso, a cambio de inversiones petroleras rusas (en equipo) para sostener a su aliado. De hecho, esta relación se reactivó incluso en 2025, con un acuerdo de asociación estratégica firmado entre Putin y Maduro. El acuerdo se centraba en la cooperación estratégica y armamentística.

Por último, el tercer gran aliado que cierra el triángulo de apoyo era Irán. El país persa ayudó a sostener la narcodictadura en áreas de comercio, logística y tecnología, a cabio del uranio que el país caribeño supuestamente habría estado vendiendo durante décadas al régimen ayatolá. De este modo, Irán podría continuar con sus ambiciones nucleares.

Además de estas alianzas, está en paralelo la cuestión de los narcóticos. La ONU y la DEA afirman que, desde hace años, los flujos de cocaína hacia Norteamérica se sitúan en corredores que conectan Sudamérica con México y, desde allí, con Estados Unidos. Y es que estos flujos estarían controlados en buena medida por redes criminales y cárteles con capacidad transnacional.

Petróleo, deuda y “las zonas grises” del poder

Pero más allá de ciertos tratos en materia de uranio con Irán, el petróleo siempre fue el hilo conductor. La empresa pública del régimen venezolano, PDVSA —y su red de filiales—, ha sido el canal para financiar al Estado como moneda de cambio para conseguir financiación y oxígeno.

Con todo, la transición deberá realizarse con la misma cirugía (pero en este caso política) que la captura del líder socialista. En un país con instituciones muy inciertas y muchísima economía informal, cualquier vacío de poder aumenta el riesgo de que muchas de las milicias que controlaban el narcotráfico y las rutas del crudo ganen margen de maniobra (o incluso se conviertan en “poderes locales”).

Con todo, la caída de Maduro -o, al menos, la decapitación del mando político central-, más allá del final de una oscura etapa de 25 años, supone la ruptura de un ecosistema de negocios y alianzas que unía deuda china, cooperación energética con Rusia, afinidades con Irán y, narcotráfico con intermediarios de prácticas muy opacas. Por eso, la pregunta ahora no es solo quién gobernará en Caracas, sino como virará la economía venezolana (contratos de crudo, deuda y el control real de PDVSA) sin provocar un conflicto armado entre las milicias apadrinadas por el régimen y la población civil.